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lunes, 28 de septiembre de 2015

Empaparme en tu contaminación



  Me duelen los pulmones y es que, es innegable, estoy contaminada. Adicta a ese humo gris, esa presión en el pecho que se clava en lo profundo de las sienes y libera un poco la agonía que es vivir. Escribo con tanto dolor que podría compadecerme, intento ser honesta, y dejar que los dedos fluyan. Intento seguir esos consejos: equivocarme, volver a equivocarme y equivocarme mejor, aplicarlos en mis escritos y no frustrarme, pero es demasiado alta la exigencia. Escribir sobre el dolor, sin miedo, sin tapujos, buscando ese amor profundo intenso, que me haga sentir inmortal por un segundo de mi insignificante existencia. Y sólo consigo sentirme viva cuando los pulmones gritan y arremeten, cuando mi corazón siente tanta adrenalina que podría estallar, cuando las neuronas explotan en milésimas de segundos y el alcohol desinhibe todos los males de mi inconsciente. Sólo ahí puedo sentirme viva, porque estoy al borde de la muerte.
  La ciudad de la furia se está apoderando. Sus autos, su angustia descomunal que infecta todo a su paso. Y suena tan fatalista, y este jazz no ayuda, pero es que estar en Plaza de Mayo ya no es placentero, ver la lluvia no me enamora, sino que me recuerda que estoy ahí: en medio de la plaza, con decenas de personas, autos, bocinas, edificios que cubren el horizonte, y un amor alejándose de la mano de otra, más cálida, más sonriente, más viva… Y la sensación de morir se aproxima, y sólo queda aceptarla, dejar que me destroce, y acompañarla con un ron de cuarta y un atado de diez, hasta que se callen las voces, mi voz, mi chillona y taladrante voz, la más exigente y recriminadora de todas. Tomar, fumar, llorar, dormir, volver a empezar con una sonrisa que, si antes era falsa, ahora no puedo siquiera fingir. Las lágrimas purgan por salir todo el día, y sólo puedo consolarme con que todo tiempo pasado fue mejor, y tener de a ratos, destellos románticos de utopías bellas, bohemias, en otro país, en otra época. Delirar, y jugar a ser feliz. Porque al fin y al cabo las emociones se controlan con la cabeza –y justamente la mía no funciona-, y poder construir nuestro cachito de felicidad es un lujo que podemos darnos, aunque nos tilden de locos.
  Locos de atar, locos de amor, locos por escapar, locos porque la locura es más divertida que la cordura, locos por escribir y drogarnos en líneas que formen oraciones hermosas y llenas de vida, locos por sobrevivir a la común ordinariez de la sociedad.
  Locos, para no suicidarnos en este espiral.


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